La inteligencia artificial no plantea, en su núcleo, una crisis de inteligencia. Plantea una crisis de responsabilidad.
Durante siglos, el poder humano se expandió sin perder del todo un centro: alguien podía ser señalado, interpelado, juzgado. Hoy, sistemas que deciden, recomiendan y actúan lo hacen a una velocidad y escala que disuelven esa posibilidad. Nadie decide. Todo ocurre.
Este libro sostiene una tesis incómoda: el verdadero peligro de la inteligencia artificial no es que las máquinas piensen, sino que los seres humanos dejen de responder. Cuando el juicio se vuelve innecesario, la responsabilidad no desaparece; se vuelve imposible de localizar.
Desde una lectura profunda del judaísmo -no como religión cerrada, sino como civilización moral-, el autor traza una genealogía del poder moderno, muestra cómo la velocidad erosiona el juicio, y explica por qué ningún marco regulatorio puede restaurar aquello que se pierde cuando ya no hay un sujeto que diga: ""Aquí estoy"".
Este no es un libro contra la tecnología. Es un libro contra la desaparición silenciosa de la responsabilidad humana.